Por Robert Valencia
Foto: Imagen de Anthony Weiner, representante por Nueva York y enfrascado en un escándalo sexual.
Es indudable la fascinación de los estadounidenses por los affairs extramaritales o cuanto escándalo sexual salga a la luz que involucre a parlamentarios o presidentes. Incluso desde los inicios de este país, cuando el presidente Thomas Jefferson escribiera la Declaración de Independencia, con una premisa que nos sabemos de memoria: “Que somos dotados por nuestro Creador de ciertos derechos inalienables…entre estos la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. Pero además de “buscar la felicidad” con su esclava Sally Hemings mediante una relación de 38 años, también se ganó un escándalo por no reconocer a los hijos que concibió con ella.
Y ya lo que sabemos es historia: Los sonados romances de Kay Summersby con Dwight Eisenhower, John F. Kennedy con Marilyn Monroe, el de Lyndon B. Johnson, el de Clinton con la Lewinsky, y el encuentro sexual del ex-gobernador de Nueva York Eliott Spitzer con una atractiva cortesana en Washington, D.C.
Pero en los últimos meses, la política estadounidense ha producido una seguidilla de culebrones que inspirarían a Corín Tellado o a Paquita la del Barrio y sus canciones que "enaltecen" el genero masculino. John Edwards, antiguo candidato a la presidencia en 2008, ahora enfrenta cargos por malversación de fondos de campaña a fin de encubrir sus amoríos con su empleada Rielle Hunter. Otros políticos recientemente caídos en desgracia son Arnold Schwarzenegger, de cuyo tórrido romance nació un niño; el representante republicano por Nueva York Christopher Lee y su infame foto en Craigslist; el ex gobernador de Carolina del Sur Mark Sanford y sus escapadas a tierras argentinas; y ahora uno más que se une a esta infame lista es el representante demócrata por Nueva York, Anthony Weiner, quien al principio desmintió la publicación de una foto mostrando su entrepierna y que, finalmente, reconoció tener además conversaciones subidas de tono. [Cabe darle una mención de honor a Dominque Strauss-Khan, aunque no sea estadounidense].
Por lo regular, la escena siempre es la misma: el funcionario público con su típica cara de frustración que pide disculpas públicamente por que olvidó lo que aprendió de moral y ética en sus años universitarios, acompañado por su abnegada esposa quien jura amor, lealtad y apoyo incondicional a su marido por saecula saeculorum [con la excepción de María Shriver, quien se divorció del Gobernator]. Estas escenas sirvieron de inspiración para la serie de la CBS "The Good Wife" (La Esposa Buena), protagonizada por Julianna Margulies.
Sin embargo, poco o nada se sabe sobre la otra versión que también involucra personajes femeninos, es decir, las damas a las que los políticos profesaron en secreto sus bajas pasiones, hasta llevarlas a cabo. Sin apelar a la misoginia, no es menos reprochable la acción de ciertas damas prestantes quienes al saber que se tratan de figuras públicas, buscan sus 15 minutos de fama. Este es el caso de Meagan Broussard, quien haciendo uso del refrán “del árbol caído todos hacen leña” dijo en una entrevista que había tenido seis conversaciones con Weiner vía Facebook. Me pregunto si las charlas eran de contenido sexual, ¿Por qué no lo sacó de su lista de amigos si se sentía incomoda? Otra mujer en Las Vegas reveló contenidos del mismo nivel con Weiner, y así, se ha ido generando un efecto dominó, ganando fama y dinero en entrevistas y fotos comprometedoras a expensas de este diputado.
Por supuesto, esto de ninguna manera exime a estos políticos, quienes al verse descubiertos rompen en llanto y, en última instancia, renuncian. La realidad de las cosas es que estas personas, como los artistas y otros famosos, son figuras que no son vistas como humanos comunes y corrientes, por lo cual deben estar a la altura de su posición de liderazgo, y que quizá para desgracia de estos mismos, su margen de error se debe mantener al mínimo. Y aquí surge la gran paradoja: Son funcionarios públicos que controlan el destino de sus comunidades por medio de decretos y proyectos de ley, pero que no pueden dominar el deseo de cometer arbitrariedades extramaritales, mucho menos cuando creen que nadie los está viendo.